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El prefecto Carlos Urrutia llamó suavemente a la puerta, aun sabiendo que podía pasar sin ningún tipo de preámbulos. lo que lo detenía era, en realidad, algo más fuerte que su poder autoritario: su repulsión a los muertos. Miró la manilla y, asqueado por su aspecto grasiento, ni siquiera la tocó.
Aguzó el oído e inclinó la cabeza. Oyó una voz femenina al final de la sala, pero fue incapaz de entender sus palabras. Suspiró. Sin esperar réplica, enfundó la mano derecha en uno de sus guantes de cuero. Tomó impulso y empujó la hoja de vidrio ahumado con los nudillos, rezando porque el aroma a bálsamo no lo no queara. Y entonces la vio, solitaria, iluminada por un débil foco sobre su cabello. estaba frente a una camilla. Sophie pronunció, y acto seguido dirigió su mirada hacia sus zapatos. No quería tropezar con algo desagradable.
La sala número cuatro de la Morgue Central siempre lograba intimidarlo. Era oscura y fría, abrumadoramente silenciosa, de baldosas en un principio celestes pero ya amarillas por el paso inacabado de la muerte y su podredumbre. No era la primera vez que entraba ahí, pero en cada visita sentía el peso lúgubre de las almas, errantes, siempre sufrientes. Evitaba la sangre mientras podía.
Continuara...
lunes, 1 de junio de 2009
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Oie pero que devoción...
ResponderEliminarsoy Marco Valdés, el diseñador de la Rolling chilena...
que bueno que te guste tanto. Saludos para ti Juan.